El síndrome metabólico (SM) es una entidad clínica que aparece en personas con una predisposición endógena, determinada genéticamente y condicionada por factores ambientales. Se caracteriza por la presencia de insulinoresistencia e incremento en los niveles de insulina en sangre asociados a trastornos del metabolismo de los hidratos de carbono, cifras elevadas de presión arterial, alteraciones lipídicas (hipertrigliceridemia, descenso del cHDL, presencia de LDL tipo B, aumento de ácidos grasos libres y lipemia postprandial) y obesidad, con un incremento de la morbimortalidad de origen ateroesclerótico.
Clínicamente la resistencia a la insulina (RI) se define como la incompetencia de una determinada concentración de insulina para conseguir el control de la glucosa. Es una anormalidad celular compleja que implica fundamentalmente al tejido adiposo, al hígado y al músculo. Además de la susceptibilidad genética precisa de la presencia de otros factores ambientales:
Obesidad central o abdominal.
Sedentarismo.
Dieta hipercalórica rica en grasas y carbohidratos.
Tabaquismo.
Otros factores relacionados con la RI y el SM son:
Hiperuricemia o gota.
Hipercoagulabilidad y defectos de la fibrinolisis.
Hiperleptinemia o resistencia a la leptina.
Y también: homocisteína, leucocitosis, elevación de la eritrosedimentación, hiperandrogenismo, hígado graso, cálculos biliares, osteoporosis, acantosis nigricans, síndrome del ovario poliquístico.
Múltiples evidencias demuestran la mayor probabilidad de desarrollar diabetes mellitus en los pacientes que presentan un SM. También se ha demostrado una mayor asociación con la cardiopatía isquémica y la progresión de la enfermedad cardiovascular.