Ablactación o alimentación en el primer año de vida

En el primer año de vida se produce la etapa de crecimiento y desarrollo más rápido de toda la vida, de ahí que las demandas nutricionales sean mayores.

En los primeros doce meses de vida se multiplica por tres el peso, la talla se incrementa en un 50% y de forma paralela los órganos van madurando a gran velocidad. Igualmente el cerebro multiplica por tres su tamaño durante la infancia, para alcanzar a los dos años el 90% del tamaño adulto.

En la última década se han ido acumulando pruebas que confirman que la nutrición de los niños durante los primeros meses de vida tiene, a largo plazo, consecuencias metabólicas importantes en el desarrollo de la infancia tardía y la adolescencia que pueden influir en la calidad de vida en la adultez.

Un buen estado nutricional durante el primer año de vida depende fundamentalmente de la leche materna, al constituir la mejor fuente de alimentación por sus ventajas fisiológicas, inmunológicas, higiénicas y psicológicas.

La leche materna es suficiente para satisfacer las necesidades nutricionales de niños normales hasta los seis meses de edad. Pasado este tiempo se debe suministrar una alimentación más variada, aunque la lactancia continúe como fuente importante de nutrientes.

Ablactación y destete
La introducción de otros alimentos en la dieta constituye uno de los eventos más esperados por la madre. La ablactación -momento de proporcionar alimentos sólidos diferentes a la leche materna- es un proceso clave en el desarrollo del niño, primer paso para alcanzar la alimentación completa y variada que recibirá durante toda su vida.

El destete es un vocablo referido al proceso a través del cual se le ofrecen al niño amamantado hasta ese momento otros alimentos diferentes a la leche materna para culminar con la ablactación total.

¿Cuándo y por qué introducir alimentos sólidos en la dieta de los niños?
Los alimentos sólidos deben ser suministrados a los seis meses de edad, gradual y paulatinamente, teniendo en cuenta el desarrollo psicomotor del niño, la evolución de su curva de peso y talla y la disposición de la madre.

La recomendación de introducir estos alimentos en edades posteriores a las sugeridas en años anteriores responde a los cambios anatomofisiológicas en sistemas como el neuromuscular, el gastrointestinal, el renal y el inmunológico.

Entre esas transformaciones se hallan el desarrollo de la succión y deglución, desaparición del peligro de reflujo gastroesofágico, gracias a la madurez alcanzada en general en el sistema digestivo y, particularmente, en el esfínter esofágico interior.

Por otra parte, las funciones neurológicas del niño, necesarias para coordinar el complejo mecanismo de la alimentación, quedan debidamente integradas entre el cuarto y sexto mes de vida. El reflejo de mamar en tres fases va disminuyendo poco a poco hasta su desaparición a los seis meses de edad, momento en que el niño debe respirar y deglutir intermitentemente.

Los niveles de algunas de las enzimas que intervienen en los procesos de digestión, sobre todo en los cereales, presentan actividad y niveles disminuidos en los primeros meses de vida, lo que unido al aumento de la permeabilidad del intestino permite la absorción de macroproteínas que favorecen la aparición de alergias por sensibilización temprana.

Aunque el alimento básico del niño entre los seis y nueve meses de vida sigue siendo la leche materna, resulta necesario la introducción de sólidos como alimentación complementaria a fin de aumentar el aporte de energía, proteínas y nutrientes esenciales como el hierro, el calcio y las vitaminas A y C.

Importancia del suministro de hierro
En la vida intrauterina el bebé recibe el hierro a través de la placenta. En ese momento utiliza lo que necesita para crecer y desarrollarse; el resto queda como depósito en el hígado y en otros tejidos. Al nacer se suspende el paso placentario de este elemento, y es cuando recibe la leche como único alimento.

El peso al nacer define las reservas de hierro que tiene el bebé, cuya duración se extenderá entre los cuatro y seis meses de edad. A partir de los cuatro meses se produce un incremento acelerado de las necesidades de hierro, tanto para el crecimiento como para la expansión del volumen sanguíneo.

La leche materna no le garantiza al bebé sus requerimientos después de los seis meses de edad, por lo que se recomienda iniciar el suministro de alimentos sólidos fortificados con hierro en la dieta, preferentemente con papillas de cereales o leches.

Los alimentos fortificados son aquellos a los cuales se les añaden nutrientes como el hierro y las vitaminas para satisfacer las necesidades incapaces de lograrse con los alimentos naturales. Se emplean entonces con estos fines aquellos comunes y de consumo frecuente.

En el caso de los lactantes se recurre a las leches, las compotas, los purés de frutas y los cereales. En Cuba se fortifican hoy purés de frutas con vitaminas y hierro.

El proveniente de los alimentos fortificados logra una mayor absorción intestinal si se consume de manera simultánea con vitamina C. El aporte de esta vitamina es una de las razones por las que se incorporan en esta etapa frutas ricas en ella. Por lo general, las frutas son dulces, se toleran adecuadamente y aportan fibras que garantizan un buen funcionamiento gastrointestinal. Los jugos de frutas han sido recomendados además para proporcionar agua adicional a los bebés con requerimientos normales.

El calcio y la vitamina D en esta etapa
El calcio es un elemento fundamental del metabolismo del sistema óseo. Su influencia sobre la excitabilidad de nervios y músculos, el metabolismo celular, la permeabilidad de las membranas y la coagulación sanguínea es considerable.

El calcio utilizado para tales funciones se almacena y mantiene a expensas de los huesos, aunque su ingestión sea inadecuada. Los bebés reciben la cantidad requerida de calcio de la leche materna. La vitamina D es necesaria para la absorción óptima de este mineral. Para ello en países tropicales -como es el caso de Cuba- los niveles de vitamina D son alcanzados por el lactante cuando su piel es expuesta a la luz del sol.

Acerca de las proteínas
Estas sustancias son importantes en el mantenimiento y desarrollo del tejido corporal, por lo que resulta crucial en el crecimiento del bebé; también suministran parte de los requerimientos diarios de energía.

La leche materna proporciona proteínas en la forma que es más fácilmente digerible por el niño. Todas las que necesita se obtendrán de la leche materna. Paulatinamente, durante el período de ablactación, serán incorporados alimentos que aporten proteínas de origen vegetal y animal.

La vitamina A
Esencial para una visión normal, el crecimiento y la diferenciación de los tejidos corporales, la reproducción y la integridad del sistema inmunológico. La lactancia materna en mujeres bien nutridas garantiza la fuente de vitamina A en el niño hasta los seis meses a partir de las reservas hepáticas. Por ello se incorporan al inicio de la ablactación frutas y viandas ricas en betacarotenos (frutas y vegetales de color amarillo o naranja) compuestos involucrados en el metabolismo de la vitamina A.

Cada grupo humano tiene un patrón alimentario propio, basado en sus costumbres y tradiciones, heredadas y modificadas a lo largo de su historia. Los alimentos que se adicionan en el esquema de ablactación están relacionados con el clima, la época del año y el tipo de alimentos consumidos por cada cultura.

Existe un patrón común en la introducción de los grupos alimentarios en diferentes culturas. En un inicio son coincidentes los cereales, las frutas, los vegetales y las viandas; sin embargo, los primeros alimentos dentro de cada grupo tienen sus particularidades entre regiones o países.

En América los primeros alimentos que se ofrecen son las viandas, y dentro de ellas particularmente la papa. Quizás por ello nos relacionemos con el bebé desde el comienzo de la ablactación con recursos como «la papa», «vamos a comer la papa»…

Los primeros alimentos más utilizados en el mundo
De los cereales, los más usados son el maíz y el arroz. Entre las frutas más recomendadas aparecen el plátano, la manzana, el mango, la pera y la frutabomba. En cuanto a los vegetales y viandas, la papa, la calabaza y la acelga.

Los cítricos, por su elevado contenido de vitamina C, fueron ubicados durante mucho tiempo dentro de los primeros alimentos que debía consumir el bebé. Hoy se sugiere hacerlo en etapas posteriores, al igual que la fresa, por encontrarse asociadas con el desarrollo de alergias.

La espinaca posee una variada aceptación en el mundo en los diferentes esquemas de ablactación. Durante muchos años fue ubicada inicialmente en la alimentación complementaria. Hoy se ha establecido suministrarla al año de vida, por la posibilidad de producir metahemoglobinemia debido a su contenido en nitratos.


 

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