Niños con temperamento inquieto

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No todos los niños se comportan del mismo modo. Por lo regular, aun entre los hermanos, unos tienen el temperamento inquieto, otros calmoso, suave. Conviene no confundir la natural inquietud y vivacidad del niño o niña, que suele ser síntoma de exuberante salud y carácter extrovertido, con la inquietud extrema que puede tener ciertos significados patológicos de tipo nervioso.

El infante inquieto, alegre, siempre con deseos de jugar, que da” cierta guerra” en la casa, puede ser encaminado para adaptarlo a las normas indispensables, primero en el círculo infantil, las Vías no formales o en el hogar, y más tarde en la escuela. Pero conducirlo requiere tacto, delicadeza. Nunca violencia, pues el pequeño inquieto, hiperactivo, puede transformarse en un rebelde si lo tratamos con dureza y ser altamente peligroso si lo« clasificamos a priori como un inadaptado.

Conviene, por tanto, tener paciencia y dulzura. Solamente si sus manifestaciones se exageran o no responde a la buena educación de la familia, será necesario consultar con el pediatra primero, con el psicólogo más tarde. Pues no seria extraño encontrar en la niña o niño alguna falla producida por temor, ansiedad, falta de atención, etc., o por algún defecto de orden físico: traumas crónicos del parto, de una caída o secuelas de ciertas enfermedades infecciosas.

En casos tales, no hay duda, el niño tiene que ser sometido a tratamiento médico para tratar de poner remedio al mal lo antes posible. En cualquiera de ambos tipos, sea el inquieto natural de carácter alegre, como el que sufra de algún trastorno psíquico o físico, la intranquilidad no se cura ni se mejora con violencia, regaño y gritería, sino con paciencia y dulzura si que esto quiera decir consentimiento o indiferencia.


 

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